El quinto año de la corta vida del Mundial de MotoGP ha sido el más loco de su existencia, el más emocionante y el primero en conocer a su conclusión un campeón distinto a Valentino Rossi. Hasta ahora nunca había habido que esperar a la última prueba para conocer su desenlace y cuando en 2006 llegó la hora de la verdad, en Valencia, saltó la sorpresa. El Ricardo Tormo fue testigo de la coronación de Nicky Hayden después de que el de Honda hubiera perdido el liderato una carrera antes por obra y gracia de su propio compañero de box. Daniel Pedrosa le tiró involuntariamente y armó un gran lío.

El chico de Kentucky era, probablemente, el único que creía en sus posibilidades antes de llegar al epílogo de la temporada. Sus ocho puntos de desventaja pesaban como una losa, porque a Rossi le bastaba ser segundo en caso de que él venciera la carrera. Los entrenamientos previos a la prueba le pusieron las cosas aún más crudas, porque mientras él se clasificaba quinto para la parrilla, su rival lo hacía en la pole.

Todo pintaba mal para el de Honda antes de que aquel 29 de octubre se apagasen las luces del semáforo rojo de Cheste, casi tan mal como habían pintado las cosas para Rossi a lo largo del año. A pesar de ganar cuatro carreras antes del parón veraniego, más que ningún otro piloto, el de Yamaha se fue de vacaciones a 51 puntos de Hayden fruto del infortunio que le había perseguido durante las once primeras carreras.

En ese tiempo, al heptacampeón le habían sacudido más factores negativos que en toda su carrera deportiva. Toni Elías le tiró en la primera curva de Jerez. Un Michelin defectuoso le apeó del podio en Shanghai. Una avería de motor le robó una victoria segura en Le Mans. Se rompió un hueso, el pisciforme, en una caída en los entrenamientos de Assen. Y otra avería en su M1 le privó de otro podio en Laguna Seca.

Pese a todo ello, gracias a un arreón final y al desinfle de Hayden, El Doctor llegó a esa parrilla de salida con el título a tiro, pero salió muy mal y se puso nervioso. Perdió posiciones hasta que se fue al suelo en la quinta vuelta, yendo séptimo, sin nadie delante. Vendió demasiado barato su cetro mundial a un Hayden que aprovechó el regalo y que basó su victoria final en la regularidad más que en los triunfos parciales.

Tal es así que el estadounidense es el campeón con peor porcentaje de triunfos de toda la historia de la clase reina (dos de diecisiete), pero poco le importaba a él y a su equipo eso en el momento de su coronación, la del séptimo estadounidense. Se ha unido a la senda de los Roberts padre e hijo, Spencer, Lawson, Rainey y Schwantz. Vaya sorpresa.